El diagnóstico

El autor de este escrito tuvo la oportunidad por esas cosas que tiene la vida de enterarse de un caso si se quiere paradigmático y representativo de las dinámicas de la institución hospitalaria en Colombia, una serie de eventos ocurridos a una persona específica, que de ahora en adelante será nombrado de manera genérica como el Paciente, con el fin de proteger la identidad del afectado y evitarse así posteriores problemas legales en este país de corbatas, falsos “doctores” titulados por los lamesuelas de turno, tinterillos a granel y abogaduchos en general, quienes seguramente padecerían un ataque de nervios hidrofóbicos al enterarse de un caso como el que aquí se expone.

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Más allá de aspectos de tono y forma establecidos, que obliga al autor a incluir pasajes quizá demasiado íntimos o fuertemente biográficos, con el fin de comunicar el alcance y significado que ha tenido en la vida del Paciente la experiencia del confinamiento hospitalario (evitando eso sí cualquier elemento amarillista o gratuito que el mismo autor considera por fuera de lugar), el texto por supuesto navega en su respectivo subtexto, compuesto por los referentes teóricos que le soportan, así no sean siempre evidentes a través de mecanismos como la cita o el comentario directo. Quizá el autor tenga que contradecirse al instante y nombrar una obra de Michel Foucault, un poco difícil y no tan conocida como es “El nacimiento de la clínica”, obra que le acompaña desde hace años, que ha tratado de leer con cierto estupor en algunas ocasiones y en cuyas elegantes y retóricas frases gusta perderse para rumiar significados sobre los cuáles incluso hoy en día no se encuentra seguro por completo. Arriesgando una interpretación y un punto de partida para estas sus humildes reflexiones se puede decir que Foucault habla de un periodo específico de la historia francesa, algo así como desde finales del siglo XVIII hasta mitad del XIX y dice que en ese periodo se gesta una serie de cambios en los discursos y las miradas que los médicos tienen sobre los enfermos, las enfermedades y la muerte, lo cual posibilita el surgimiento de la institución hospitalaria moderna. Este cambio de discurso y de mirada se encuentra relacionado según Foucault con la desintegración del discurso metafísico (la muerte de Dios) que abre un espacio en donde se desarrollan por un lado los discursos positivos y por otro los discursos románticos (literarios – filosóficos), pero sobre todo surge la idea de sujeto o individuo moderno (sujeto y objeto de dichos discursos). Foucault propone de manera casi sorpresiva que el discurso médico se encuentra en la base de las humanidades modernas y viene a reemplazar de algún modo a las matemáticas como eje articulador del hombre en relación al mundo. Lejos entonces de constituir un discurso neutral o aparte de las humanidades y la filosofía, la medicina y en este caso la institución hospitalaria constituyen fuentes importantes de reflexión para las Humanidades, las Ciencias Sociales y las Artes en general, aunque el autor debe aclarar que ha de utilizar la obra de Foucault como un referente general y no exhaustivo, evitando extrapolar elementos específicos que pueden enrarecer sus propias reflexiones al respecto.

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El Paciente ha sido sometido al quirófano tres veces en su vida, en todas las ocasiones en el Hospital Federico Lleras Acosta de la ciudad de Ibagué que presta servicios de alto nivel no solo a la población del departamento del Tolima sino también de regiones vecinas, especialmente del eje cafetero. A los nueve años de edad presentó una apendicitis común que por poco deriva en una peritonitis generalizada. A los veintidós años sufrió un absurdo encuentro con un psicópata que le atacó por la espalda con un puñal, cosa que casi le cuesta la vida y que tuvo como consecuencia más grave la pérdida del riñón derecho, el cuál fue atravesado de modo transversal por la hoja de acero. A raíz de dicho ataque fue intervenido de urgencia con el procedimiento conocido como laparoscopia, que consiste en practicar un corte desde el esternón hasta la zona púbica y así proceder a vaciar el abdomen de todas las vísceras: en este caso para revisar los daños producidos por el arma blanca en su cuerpo; posteriormente se vuelven a introducir los intestinos en su respectivo habitáculo. Más o menos quince días después el Paciente tuvo que regresar para valoración y para que le fueran retirados los puntos de la herida, el cirujano que hizo la intervención le pidió disculpas por la tosquedad de los puntos que parecían costurones practicados sobre un costal, justificando su burdo trabajo en la suposición de que el Paciente no tenía ninguna oportunidad de salir con vida del hecho y que en realidad estaba cosiendo prácticamente a un muerto. Esto hizo suponer posteriormente al Paciente que así como los costurones fueron bárbaros así mismo fue la introducción de las vísceras en la caja abdominal, sin ningún tipo de cuidado y quizá ello influyó en lo que posteriormente ocurrió.

Luego de este trágico momento de su vida todo transcurrió de manera más o menos normal en cuanto a la salud se refiere; el Paciente sabía que un acontecimiento tan brutal sobre su cuerpo tendría tarde o temprano sus consecuencias e incluso afectando su expectativa de vida a largo plazo, sin embargo tales consecuencias se esperaban en primer lugar y de manera central sobre el hecho de tener un solo riñón (el del lado izquierdo) que según el Paciente tiene entendido tiene el doble del tamaño normal, encargado de todo el trabajo hasta ahora sin ningún tipo de novedad o problema. Sin embargo nadie le dijo nunca y jamás tuvo la ocasión de averiguar que luego de la segunda operación y sobre teniendo en cuenta la particularidad de la misma, estaba propenso a una condición llamada “obstrucción intestinal por bridas” que consiste en que el intestino comienza a enredarse en las cicatrices internas que inevitablemente se forman luego de una intervención de ese tipo. En su caso fue un proceso gradual que llevó de tres a cuatro años para precipitarle a este momento, en donde su sistema digestivo colapsó por completo y que empezó como se dijo en ese tiempo con un punzante dolor abdominal y cierta hinchazón en el vientre superior, alguna tarde luego de beber un jugo de caña de un puesto callejero y que por supuesto el Paciente atribuyo a un vulgar ataque de amibiasis o algo así.

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Entrando en el cuerpo central del trabajo el autor quiere plantear inicialmente el conflicto que se produce entre el saber popular y el discurso científico institucionalizado encarnado para el caso específico en el régimen hospitalario y sus respectivos agentes. En este sentido debe contextualizar la situación particular y es que la abuela materna del Paciente (que en la actualidad tiene ochenta y cuatro años de edad, la abuela, no el Paciente) fue enfermera toda su vida, destacándose en su labor de partera. En esa época, cuenta ella, cuando los anticonceptivos no estaban en boga y las mujeres se embarazaban año tras año, ellas acudían al hospital para tener su primer hijo y luego se contactaban directamente con la enfermera/partera quién asistía las labores en la misma casa de la madre. De hecho el Paciente es una de las pocas personas de su generación que tuvo ese raro privilegio de nacer en su propia casa y no en un hospital, y además fue recibido por su propia abuela. Entonces, enfermera y partera la abuela también es de origen campesino y a pesar de ser una mujer inteligente y sensible solo pudo hacer hasta tercero de primaria, lo cual no le impidió convertirse en una persona útil para la sociedad; eran otros tiempos evidentemente. Toda esta introducción para decir que cuando en la casa alguien se enferma no dudan (el Paciente y su madre) en aprovechar su sabiduría y experiencia, sus conocimientos botánicos y populares de típica extracción campesina, así como su bagaje de toda una vida dedicada a la enfermería (trabajó en diversos hospitales y clínicas de la ciudad y también se desempeñó como enfermera particular cuidando principalmente enfermos terminales); una rara mezcla de saber popular y discurso institucionalizado (cuando las pastas y las inyecciones hacen falta, es ella la que hace la respectiva recomendación y/o aplicación). Así, el autor quiere hablar específicamente de un caso en el que el saber popular se impuso al discurso institucionalizado; cuando el Paciente nació, tuvo una hernia umbilical, una pequeña bola en su ombligo que se produjo por la fuerza y persistencia de su llanto. Pues bien, en lugar de salir corriendo para el hospital lo que hizo la abuela fue adherir con esparadrapo un botón sobre su ombligo, luego le llevó al patio en donde en ese entonces crecía un árbol de Guanabano, puso su pie sobre la corteza del mismo y a continuación talló la forma retirando la corteza. Según el principio de pensamiento mágico y analógico que se activó en ese momento en la medida que el árbol fuera cerrando la talla generando nueva corteza, la hernia umbilical también sanaría y desaparecería por completo, como en efecto ocurrió.

Y a pesar de todo lo cierto es que mientras el paciente especula, el médico sabe. Así, el Paciente siempre atribuyo sus dolores abdominales a simples y pasajeras indigestiones, ignorando que estaba presentando una evolución mucho más compleja y delicada, la cual requería toda la atención de su parte. Estaba especulando, confiando que aquellos dolores eran solo eso y no anunciaban otra cosa. Esto puede constituir una especie de principio axiomático: el paciente especula, el médico sabe; el paciente sufre, el médico elabora su discurso. Y sin embargo, la larga evolución de la enfermedad en su definitivo tramo, este último y desesperante mes que le llevó de nuevo a los riesgos de la anestesia general y a la patética exposición de su cuerpo desnudo bajo la fría mirada del escalpelo, demuestra quizá que bajo ese discurso positivo, tan seguro de sí, tan impenetrable a la duda, también albergan elementos especulativos, emotivos, que se volatilizan en el instante de ejercer ese poder supremo del médico traducido en su sagrada opinión, es decir en el momento de arriesgar un diagnóstico sobre la naturaleza del mal.

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Este primer diagnóstico, de un médico particular amigo de la familia del Paciente fue acertado pero al mismo tiempo dudoso al escribir: “¿obstrucción intestinal?” Quién sabe que signos engañosos o contradicciones encontró al examinar su vientre y echarle una ojeada en la cara o ver el estado de su lengua, pero lo cierto es que recetó medicamentos laxantes que según el Paciente supo después son contraindicados en caso de obstrucción intestinal (¿?); la condición persistió y tuvo que visitar por primera urgencias del hospital, luego del tortuoso proceso administrativo que permite a los pacientes remitidos de urgencia y que a veces puede durar varias horas, fue examinado por un segundo médico que se interesó más por las ensaladas de frutas de dudosa procedencia que el Paciente había consumido antes de algunos ataques, pasando por alto el antecedente de la anterior cirugía, por lo cual su diagnóstico fue “ síndrome de colón irritable”, cosa bastante absurda teniendo en cuenta que el Paciente siempre ha consumido sin ningún inconveniente alimentos que suelen ser prohibidos bajo dicha condición (lácteos, jugos ácidos, entre otros alimentos considerados pesados o irritantes). Este diagnóstico fue acompañado con su respectiva receta de drogas, las cuales agravaron de manera ostensible la situación o como quién dice “el remedio fue peor que la enfermedad”. Y ahora el Paciente se pregunta la razón por la cual si estaba tan seguro sobre la improbabilidad de estar bajo un cuadro de “síndrome de colón irritable”, consintió sin embargo en tragar las pastas aquellas y que al parecer empeoraron la obstrucción que venía padeciendo. El autor opina que mentalmente ya estaba bajo la autoridad del régimen hospitalario y es que cuando un señor con bata blanca asevera algo sobre el estado de tu cuerpo y te encuentras en la situación lamentable en la que se encontraba el Paciente, en la que se estaba precipitando, surge de repente cierta esperanza, se ve de pronto la luz al final del túnel: te ofrecen una solución y ya no te va a doler el vientre, se va a quitar la hinchazón y las nauseas y tu sistema volverá a funcionar normalmente de una buena vez por todas.

Ahora el autor procede a referirse a varios aspectos del confinamiento hospitalario como tal y de cómo el cuerpo del Paciente se convierte, una vez franqueado el límite que separa el espacio hospitalario de la vida “normal”, en una especie de dato positivo, un cúmulo de síntomas, un caso entre los otros, siempre vigilado bajo la mirada escrutadora del médico; los procedimientos a los que fue sometido, las continuas extracciones de sangre, el discurso basado en la presencia o no de ciertos fluidos y desechos corporales, la insistente pregunta de “¿Y usted cómo se siente el día de hoy?”, su cuerpo se convertía en objeto de investigación, de sospecha continua. En la primera parte del confinamiento ya con el diagnóstico establecido (verificada la relación entre la vieja cicatriz, el agudo dolor abdominal y la evidente hinchazón, el inmundo vomito y el consabido estreñimiento), bajo tratamiento médico consistente en la terrible sonda nasogástrica, fue víctima de cierto terrorismo verbal por parte de por lo menos tres o cuatro médicos que tuvieron oportunidad de echar una rápida ojeada a su caso. Y es que todos coincidían en afirmar que si la dichosa sonda no funcionaba –lo cual ocurría en el 50% de las ocasiones-, tendría que ser intervenido quirurjicamente y eso implicaría un escenario nefasto pues implicaría mayor propensión a sufrir en el futuro el mismo problema o quizá peor. ¿Quién aguanta una cirugía de estas características, digamos cada diez años, cada cinco años, en un ciclo que parece cerrarse y agravarse y que de manera inevitable implicaría un bajísimo nivel de vida, una autentica condena, trabajo de Sisifo del escalpelo que abre lo que ya había sido abierto y expuesto de esa manera horrible?

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Dadas las características de la enfermedad en este caso particular es notable como la conversación médico – Paciente giraba alrededor de lo que usualmente en la vida cotidiana se tiende a disimular, lo que relegamos a lo más íntimo de nuestra privada existencia y que suele permanecer en secreto, el autor se refiere por supuesto a la dinámica de los fluidos y excrecencias, que de repente salta al primer plano y comienza a ocupar toda la atención, alentado eso sí por el interés médico, cuyos agentes, sean doctores o enfermeras (o doctoras y enfermeros, para equilibrar aquí el lenguaje en la cuestión de género), luego de saludar al Paciente, lo primero que solían preguntar era “¿y ya hizo popó?”, cuestión fundamental para su caso, ya que en caso afirmativo implicaba el relativo éxito del procedimiento con sonda nasogástrica, el cual aplica al sistema digestivo humano un principio básico de fontanería, al extraer todo el contenido del estómago se crea un vacío que permite (o eso se espera) que la obstrucción ceda y ocurra la milagrosa evacuación, la salvación del cliente, mejor dicho. Para no alargar innecesariamente este momento el autor dirá que en una primera instancia la cosa si funcionó y luego de estar tres días en una infecta sala de observación de urgencias del hospital, en compañía de otros nueve individuos adultos que padecían las más diversas afecciones, se produjo la tan esperada deflagración, el Paciente admitió por lo demás la insípida dieta que se proporciona en el hospital y la hinchazón cedió por fin, razones por las cuales fue dado de alta. Y sin embargo el asunto tenía su complejidad, pues ese mismo sábado su vientre comenzó a hincharse nuevamente y para la noche el dolor era tan insoportable que tuvieron (el Paciente y su madre) regresar a urgencias, en donde fue recluido en la misma sala de observación de la primera vez, pero ahora estaba “en capilla”, según la expresión de uno de los médicos que le vio, pues la cirugía era ahora inminente, casi inevitable.

Valga la pena aclarar que el Paciente dentro del sistema hospitalario no tenía asignado un médico de cabecera o algo así, mucho menos un gastroenterologo a su disposición, como pretendía cierto familiar del Paciente más o menos lejano que cada vez que ocurren estas cosas viene a inmiscuirse en sus asuntos con su molesta presencia; el Paciente pertenecía a un departamento, al de cirugía y por lo tanto cualquier médico cirujano tenía el poder de establecer, a partir de su hoja de vida clínica, las decisiones que tuviese por más convenientes, tales como: tipo y dosificación de droga, retirar u ordenar dieta, cantidad de suero que debía entrar a su sistema, dar o no de alta, entre otros. El autor supone que decisiones de más trascendencia, como el tema de la cirugía serían tomadas en una especie de junta o reuniones entre especialistas, pero en este punto tanto el autor como el Paciente especulan, éste último como buen ex-Paciente en periodo de convalecencia que es. Otra característica de este sistema es que la mirada del médico es al mismo tiempo directa e incisiva, evitando gastar demasiado tiempo en un caso particular; el Paciente termina un poco confundido pues ignora quién realmente se ocupa del caso, pero luego intuye que se trata de una especie de colectivo que discute la información disponible. Las enfermeras y enfermeros están por supuesto mucho más cerca del Paciente pero se limitan a seguir las ordenes consignadas por los médicos en la hoja de visa clínica, sin embargo también son notables los altos niveles de rotación y especialización de los cargos, así, hay alguien encargado de aplicar la droga, otro mide la tensión, otros atienden pacientes que no pueden valer por si mismos (baños, fisioterapias, entre otros semejantes), otros parecen cumplir solo labores administrativas, entre otras labores pertinentes al oficio.

Pues bien, el pasado lunes 4 de febrero, a eso de las once de la mañana, una enfermera se acerca y le dice sin ninguna transición: “Señor Paciente, vaya y se baña de nuevo por qué usted va para cirugía después de las dos de la tarde” y le entregó un jabón especial para que se lavara el vientre de la forma más eficiente posible, también le entregó un bata verde debajo de la cual debía permanecer desnudo. Aunque por las caras un tanto escépticas y preocupadas de médicos y enfermeras el día anterior y especialmente en el transcurso de la mañana algo así se venía venir la verdad fue como se dice un baldado de agua fría y una sensación de inminente desastre que se extendía por el resto de su vida, teniendo en cuenta lo que el autor ha llamado el terrorismo verbal a que fue sometido el Paciente durante todo el proceso y que mostraban el escenario quirurjico prácticamente como una solución falsa o relativa por los inevitables problemas que se derivarían a futuro. Así pues con el ánimo vuelto trizas, angustiado y deprimido tuvo que afrontar ese momento; contrario a lo que había supuesto en efecto a las dos en punto de la tarde le subieron a cirugía (por supuesto se despidió de su abuela y de su madre, ya que cualquier procedimiento que implique anestesia general es altamente riesgoso y sobre todo dada la complejidad de la cirugía a la que sería sometido: de cualquier modo le prometió a su madre que terminaría de leer el libro que le había acompañado todos esos días, “Retrato de grupo con señora” de Heinrich Boll, una forma indirecta de decirle que estaba confiado en salir de esta situación). Sin embargo el frío de la antesala y de la sala de cirugía no era un buen augurio y de repente, cuando comenzaron a llenarlo de anestesia, se sintió como esa rana del experimento a punto de ser rajada viva sobre la mesa de disecciones.

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Para ir concluyendo el autor quiere referir tres cosas, las dos primeras relativas a ciertos aspectos vivenciales de la experiencia a modo de contraste con lo que viene diciendo hasta aquí y la última como un intento de cerrar el escrito de manera más o menos decorosa y pertinente. Es así como el Paciente y los familiares del Paciente andan un poco siempre con dudas e incertidumbres respecto a lo que pasa, mientras los doctores (arriba en la jerarquía hospitalaria), siempre se ubican un paso adelante y además aprovechan los aspectos herméticos de su discurso para imponer con mayor firmeza su autoridad. Cabe destacar aquí dos momentos excepcionales en donde se presentó una especie de grieta en este discurso de autoridad científica, el primero de ellos por parte de un doctor (¡!) quién casi en secreto y de manera extraoficial, haciendo énfasis precisamente en el carácter no científico del dato, recomendó o sugirió al Paciente y su madre averiguar por la Curcuma, una raíz de la que se deriva el curry, rica en antioxidantes y sobre todo en vitamina E, producto estrella de tiendas naturistas y similares. El Paciente afirma estar tomando desde hace algunos días el producto y aunque es demasiado pronto para referir algún beneficio si ha notado que los procesos de cicatrización (por lo menos los visibles) se han comportado excepcionalmente bien. El segundo momento ocurrió un par de días después de la cirugía, cuando el Paciente ya se encontraba en el piso o habitación propiamente dicha, estaba bajo observación de una enfermera joven que se encuentra terminando sus estudios en la Universidad del Tolima y como de costumbre ella le preguntó cómo se sentía, a lo cual el Paciente le dijo como de costumbre que se sentía bien pero que estaba bastante deprimido por lo que le habían dicho los doctores respecto a su futuro, que se sentía prácticamente sentenciado o algo así. Pues bien, esta enfermera tan joven, tan sensible y tan sensata se largó con un discurso en el que sostuvo que todos aquellos doctores habían cometido un error al generalizar y que la perspectiva decadente que le habían pintado quizá no era tan cierta; cada caso es único e irrepetible, dijo ella, además debía tener en cuenta aspectos como su relativa juventud y el potencial de recuperación de su cuerpo, que debería ser bastante alto si asumía un estilo de vida que ella llamo “equilibrado”, es decir sin excesos de ningún tipo. Por último le dijo que debía usar el poder de la información, que el Paciente ya sabía que era lo que le pasaba y lo que le podía pasar, pero que era importante liberar la mente de esos fantasmas y pensamiento negativos y lo mejor era andar enterado, empaparse de información al respecto y asumir la vida sin complejos, con la frente en alto, mejor dicho… un verdadero discurso motivacional y que se encuentra relacionado con los efectos anímicos que en el caso particular del Paciente suelen acompañar estas experiencias y es que la consecuencia directa del encerramiento hospitalario, más allá de las incomodidades, las penurias, los ambientes de decadencia, o precisamente por esto mismo, fue siempre lo que él llamó un incremento por el entusiasmo de la vida, unos deseos de entregarse por completo a las potencias de la naturaleza, explorar ciertos límites al respecto, caer en cierto estado de gracia, si se le permite expresarse al autor en términos místicos.

En un breve artículo “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, Gilles Deleuze refiere como nos encontramos (de nuevo) en época de transición en dónde las instituciones disciplinares de encerramiento (la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica, el hospital, la cárcel) se encuentran en un estado de crisis generalizado, que queda patente por los continuos intentos de reforma o de ajuste de los dichas instituciones son objeto. Si pensamos en una sociedad como la colombiana, prácticamente en los márgenes de la civilización occidental, se aprecia sin embargo que este modelo transitivo de lo disciplinario a las sociedades fluctuantes o “postmodernas”, se verifica desde hace años y quizá décadas, pues es evidente que el sistema tal y como se encuentra dispuesto presenta graves fallas e inconsistencias. La ley 100 propuesta en la década de los noventa por el entonces senador Álvaro Uribe Vélez y que condujo a largo plazo al cierre de los Seguros Sociales, así como de hospitales y centros hospitalarios en todo el país y el auge de las EPS´s, ARS´s, que pretendía garantizar la salud de los sectores más vulnerables de la población, se convirtió en un modelo de negocio y lucro, desdibujando de este modo las relaciones entre personal médico y paciente, en donde no prima la calidad del servicio, sino el volumen de atención, pues en esa misma medida se derivan réditos y ganancias. Hoy en día se elevan voces exigiendo nuevas reformas al modelo pero evidentemente lo que se produce es un cambio estructural en las formas tradicionales del poder, algo que no se verifica de un día para el otro, pero que indudablemente genera cambios en la manera como nos asumimos como individuos, vivimos en sociedad y nos relacionamos con los otros.

Ibagué, 15 de febrero de 2013

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