Las batallas del abanderado

 “No había que hacer al respecto: irremediablemente era criollo. ¡Pero cuan irracional debe de haber parecido su exclusión! Sin embargo, oculta en la irracionalidad se encontraba esta lógica: nacido en las Américas, no podía ser un español auténtico; ergo, nacido en  España, el peninsular no podía ser un americano auténtico”.

Benedict Anderson, Comunidades imaginadas.

Jose Maria Espinosa Prieto [Btá, 1796 – Btá, 1883]. Figura clave del arte nacional y latinoamericano del siglo XIX. Autodidacta, miniaturista, retratista, paisajista, caricaturista, abanderado del ejercito de Nariño en la campaña del Sur, y muchos años después, cronista de dichos acontecimientos, para lo cual contó con la ayuda del periodista Jose Caicedo Rojas. Su libro, “Memorias de un abanderado” se publica por primera vez en 1876 y se trata de un documento de especial importancia para todo aquel que quiera introducirse en el estudio y comprensión de la época.

Al inicio de sus memorias advierte Don Jose Maria que el trabajo que se dispone a presentar constituye una relación de sus propios recuerdos, más que una investigación histórica exhaustiva, se trata de una crónica de carácter personal

“sin unidad ni plan, sin recargo de citas y fechas, sin documentos justificativos o comprobantes”.

Se trata pues de un pintor muy importante dentro de la temprana formación de conciencia nacional, además de ser hábil narrador y tener la capacidad de sumergir al lector en la atmósfera de incertidumbre de la época pre-revolucionaria; allí encontramos, desde su particular punto de vista, los acontecimientos detonantes, la posterior lucha de facciones y una relación  bastante acertada de la llamada Campaña del Sur, que se extendería todavía hasta 1816, con la retoma del poder por parte de los realistas.

La crónica de Espinosa sigue un plan estructural fuerte y dinámico, que tiene como punto de partida la cotidianidad santafereña y comienza a descubrir poco a poco ese nuevo país que acaba de nacer para la historia con el peso de una tradición [colonial] que no sabe sacudirse por completo. Espinosa sabe descubrir un país y un pueblo a medida que el relato avanza.

Jose Maria Espinosa en un autoretrato – caricatura, ya de avanzada edad.

De la expedición al retrato

Beatriz González dedica un muy completo estudio al análisis de la obra de Jose Maria Espinosa, titulado “Abanderado en el arte del siglo XIX”, advierte en su introducción que el mundo en el cual nació el artista estaba convulsionado a varios niveles, desde  lo político  a lo económico, incluyendo la esfera artística – cultural, en primer lugar con el movimiento ilustrado, y señala como la Expedición Botánica se inserta o se termina de comprender en ese contexto. Se refiere a esa escuela que pasaría de la ilustración exacta de las formas naturales [la Expedición] al retrato y la miniatura como legados de la Escuela quiteña, a propósito, Beatriz González cita una carta enviada por el científico Bergius en Estocolmo a su colega Mutis en Santafé y que nos ayuda a comprender la dimensión del trabajo de ilustración alcanzado por los artistas vinculados a la Expedición:

“¿cómo ha logrado en América pintores excelentísimos y superiores a los de Europa?”

El estudio de Beatriz González es indispensable para conocer la historia del arte en Colombia desde el punto de vista de uno de sus representantes más importantes y significativos, que supo interpretar a su modo la consigna goyesca según la cual el artista debe convertirse en testigo de su tiempo. En Espinosa la crónica abre paso a la pintura y de algún modo termina por completar su sentido.

 Es evidente que existe una distancia, por no decir un abismo, entre la concepción pictórica de Espinosa, teniendo en cuenta que en la serie de las Batallas [1]  se representan hechos históricos y lo que habían hecho en Europa Goya y Delacroix, o el mismo David con el Rapto de las Sabinas [qué según la misma Beatriz González fue muy importante dentro de la conformación moderna de la conciencia nacional francesa]. Los maestros europeos se acercaron audazmente al centro de la escena, sobre todo Goya y Delacroix con Los fusilamientos y La libertad guiando al pueblo respectivamente, mientras que en Espinosa se reconoce una tensión entre realismo y la concepción paisajistica que domina toda la serie de las Batallas.

En la concepción pictórica de esta serie se percibe un dominio de la técnica de composición paisajistica y la inclusión de personajes y escenarios a través de la miniatura, por ejemplo en la que se representa la Acción de Maracaibo [en la que no estuvo Espinosa, quien nunca conoció el mar] esto es evidente, con su extraño oceáno practicamente apaciguado que transmite un perturbador estatismo a toda la obra, y que recuerda de manera fugaz algunos planteamientos surrelistas,  sensación que parece acentuada tanto en el castillo defendido por los realistas como en el islote aledaño y el pequeño bosque que se encuentra allí.

La acción de Maracaibo de 1823 consolidó la Independencia para Venezuela y buena parte del Caribe. Jose Maria Espinosa no estuvo allí y de hecho nunca conoció el mar, se basó en grabados realizados por Jayme Brun pocos años después del suceso. Óleo sobre tela [87x124cm], 1840. Museo Nacional de Colombia.

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El abanderado

Quizá se deba caracterizar a Espinosa como letrado y cercano al poder, perteneciente a la élite criolla que reclamaría su derecho a gobernar a pesar de la tradición impuesta por tres siglos de colonia española -precisamente, respondiendo al germen de conciencia nacional-, es interesante captar la lectura que hace de la revolución neogranadina y la dialéctica entre élite criolla y el pueblo; se trata de una visión retomada y elaborada posteriormente por generaciones enteras de historiadores al abordar el problema.

Cierta conciencia “patricia” se revela al narrar el incidente de la Virreina y las verduleras de la plaza, en medio del fragor revolucionario, las últimas atacan con alfilerazos a la primera, y dice Don Jose Maria:

“Pero ¿sabían por qué? Es seguro que no: el furor popular es contagioso y se ceba en cualquier cosa que le muestra un alborotador”.

El estreno de la llamada soberanía popular [expresión que suena ya como una especie de izada a la bandera con todo su vacío retórico] se traduce en la lectura de Espinosa -así como de toda una vertiente académica de la disciplina histórica-, en una revolución orquestada desde la élite criolla, en dónde el pueblo simplemente se deja arrastrar, sin prever las profundas consecuencias de su propia insurrección.

“Es indudable que el secreto y plan de la revolución estaba entre unos pocos, y que la masa del pueblo, que no obra sino por instigaciones nada sospechaba, si bien dejo explotar sus antipatías y resentimientos contra algunos malos españoles […]”

 Nuestra boba patria

Al grito veintejuliero de la independencia [que no fue el primero ni el único] siguió lo que el Abanderado llama esa “especie anarquia” o guerra civil -la primera de nuestra historia-, la disputa entre provincias y la lucha militar entre los bandos federalistas y centralistas, llamados entre si y a modo de insulto, respectivamente Carracos  y Pateadores. Don Jose Maria Espinosa se encuentra en el bando de los centralistas, bajo el mando del general Nariño y narra como las primeras escaramuzas se caracterizaban por cierta ingenuidad, pero se manifiesta al mismo tiempo su espíritu visionario:

 “Ahora me he llegado a persuadir de que en aquel tiempo se hacían los tiros al aire, en la creencia vulgar que se tenía de que Dios dirigía las balas, pues entre tantas como oí zumbar sobre mi cabeza ninguna me tocó. No hay duda que la república estaba entonces en el noviciado del arte de derramar sangre en que hoy es profesora consumada”.

Las mujeres en la historia

Tras la batalla de Santafé, el 9 de enero de 1813, cuando se decide la victoria del bando centralista, Espinosa nos pinta un Nariño con extraordinario olfato político y don de gentes: se gana para la causa a los derrotados federalistas y respeta la dignidad de los generales Santander y Urdaneta, al mando de estos últimos. Las fuerzas realistas se reorganizan desde el sur y los patriotas deben responder rápidamente con la campaña de consolidación del territorio y asegurar de ese modo la ruptura con la metrópoli hispánica. Me llama la atención el papel de las mujeres en esta campaña que se extenderá varios años, papel que se aprecia también en la obra pictórica del maestro Espinosa: un ejercito de voluntarias sigue a los hombres reclutados

“cargando morrales, sombreros, cantimploras y otras cosas”.

Considera Nariño, sin embargo que este grupo de mujeres será un estorbo teniendo en cuenta las dificultades que tendrán que ser sorteadas en la campaña y al paso del Magdalena ordena dejarlas atrás. Sin embargo, dos días después, en Purificación, las mujeres alcanzan de nuevo al ejercito patriota y Nariño termina por ceder.

“El general Bolívar mismo reconoció en otra ocasión que no era posible impedir que las voluntarias que siguiesen al ejercito, y qué hay no sé que poesía y encanto para la mujer en las aventuras de la vida militar”.

En esta descripción se evidencia un sesgo respecto a la realidad de la guerra [2],  desde un romanticismo ciertamente edulcorado, un punto de vista libresco, propio de las novelas de capa y espada tipo Alejandro Dumas muy en boga durante todo el siglo XIX. Este tono por otra parte quizá sea parte del proceso de construcción de las mismas memorias, redactadas o dictadas por Espinosa casi sesenta años después de los acontecimientos referidos.

La Pola según Jose Maria Espinosa, retrato al óleo.

La batalla de los ejidos de Pasto

En esa obra se evidencia claramente el papel de la mujer en las guerras de independencia. En primer plano la compañera de un soldado quien se encuentra en el acto de disparar su fusil a un punto fuera del encuadre, ella vigila o acompaña la acción del hombre y lleva terciado un cuerno con pólvora de reserva para el arma disparada. En la esquina inferior izquierda vemos una representación de la maternidad, a pesar de los pistoletazos y el humo atrás a sus espaldas, se trata de una escena casi idílica, la madre arrulla al crío, lo protege y lo aparta de aquella locura de mundo que se describe con cierta crudeza.

 “Batalla de los Ejidos de Pasto”. El papel de las mujeres en las guerras de Independencia. El General Nariño casi en el centro de la composición dominada por diagonales y un juego de planos en donde interactuan escenas simultaneas.

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Esta obra resulta especialmente reveladora del sistema compositivo utilizado por Espinosa y su propuesta híbrida que combina el paisaje, la miniatura y la crónica histórica.

Se describen varias diagonales que ayudan a dividir la escena; en el plano intermedio de la izquierda vemos una familia de campesinos que utiliza una humilde vivienda como refugio y observan de lejos las escaramuzas de la batalla [¿serán informantes de alguno de los bandos en disputa?]. La diagonal que forman los arbustos desde donde dispara el hombre en primer plano conduce la mirada en movimiento de zig zag, que sigue  la columna de humo en las goteras de Pasto y luego la caballería patriota que se retira del lugar siguiendo una nueva diagonal, más suave, en sentido derecha – izquierda.

Si se observa con atención, vemos que las trayectorias de los disparos ayudan a definir mejor el juego de diagonales y guían la mirada a través de los elementos del cuadro; vemos así una primera diagonal definida por el arma disparada por el hombre escondido en los arbustos e inmediatamente la atención se fija en el oficial, casi en el centro de la composición y que dispara sus dos pistolas de manera simultanea, como en cualquier película del lejano oeste. El caballo de este oficial agoniza a su lado y este oficial no es otro que el general Nariño, quien se enfrenta de manera heroica al grupo de enemigos montados que se abalanzan sobre él. La derrota se anuncia con esa solitaria lucha del general y los ejércitos patriotas confundidos y lejanos, sobre la linea de horizonte y que según el relato de las memorias, suponían equivocadamente una rendición de Nariño, para abandonar el lugar de batalla en el momento menos indicado.

“[…] las otras dos alas habían sido devueltas y rechazadas, y los jefes, viendo que Nariño se dirigía a tomar altura para dominar la población, lo creyeron derrotado y comenzaron a retirarse en dirección a Tacines, donde estaba el resto del ejército, para buscar su apoyo. A media noche Nariño resolvió retirarse también, pues no le quedaban sino unos pocos hombres y las municiones se habían agotado durante la pelea. Si la gente que estaba en Tacines se hubiese movido, como lo ordenó él repetidas veces, nosotros, reforzados, habríamos resistido; pero no se cumplieron sus ordenes […]”

De las batallas pintadas por Espinosa es una de las más “violentas” y explicitas en el momento por ejemplo de mostrar el campo de batalla e incluso algunos muertos tirados por allí en la hierba.

[1] Entre 1840 y 1860 Espinosa pinta la serie de Las batallas, representando  las ocho acciones belicosas en las que participó directamente, situándolas en la geografía de cada zona e incluyendo detalles de tipo costumbrista: Batalla del Alto Palacé (ca. 1850), Batalla de Calibío (ca. 1850), Batalla de Juanambú (ca. 1850), Batalla de Tacines (ca. 1850), Batalla de los Ejidos de Pasto (ca. 1850), Acción del Llano de Santa Lucía (ca. 1850), Batalla del río Palo (ca. 1850) y Batalla de la Cuchilla del Tambo (ca. 1860). Además, representó las batallas de Boyacá (ca. 1840) y la Acción del Castillo de Maracaibo (ca. 1840).

[2] En el capítulo XI del Manual de Historia de Colombia a cargo de Salomón Kalmanovitz, “El régimen agrario durante el siglo XIX…”, el autor afirma “Después de la Independencia es claro que se sigue una política mucho más cruda frente a los derechos de propiedad de las comunidades indígenas […] y se hace entrega indiscriminada de tierras a un puñado de hombres prominentes del nuevo régimen político. Esto permite explicar en parte por qué un núcleo de la población no se pliega bajo las banderas del partido criollo durante la guerra de Independencia”. [p.217] Y en otro lugar: “En la provincia de Pasto, los indígenas condujeron una feroz guerra de guerrilla en contra de los patriotas […] Bolívar practicó entonces una política de “tierra arrasada” y el cantón de Pasto quedó pacificado, “pero destruidos sus ganados, su agricultura y las pequeñas manufacturas de lana, que antes se alimentaban de los vellones de ovejas que desaparecieron, su población diezmada, multitud de fusilados, mujeres violadas y ranchos quemados” (Restrepo, vol V, p.138 Historia de la revolución en Colombia)”. [p.212] He aquí la verdadera poesía de la guerra…

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Un comentario sobre “Las batallas del abanderado

  1. Uno de los elementos que es recurrente en la serie de batallas pintadas por Espinosa es la simbología del poder, con la aparición recurrente de grupos de oficiales de alto rango que a veces observan, planean las batallas lejos del fragor de las mismas, casi siempre personajes que señalan su dignidad montados en caballo, “por encima de los otros”. No es casualidad que dentro del conjunto de la obra de Espinosa se destaca la imagineria militar, cierto culto al heroe, que finalmente hace parte de la construcción simbólica de la conciencia nacional.

    Dentro de esta simbología que hace parte de la temprana identidad nacional casi nunca hace falta la bandera, el legendario tricolor patrio y aquí es en donde se aprecia la manera como estas memorias (narradas y pictoricas) de Jose Maria Espinosa se articulan perfectamente a ese discurso de lo nacional, lo complementan y se alimentan de él. Se sabe por ejemplo que la simbología de escudos, himnos y banderas que entraron a definir lo nacional pasó por una serie de transformaciones y ajustes, desde la funebre bandera negra de Bolivar con su lema “libertad o muerte” pasando por infinidad de versiones, subversiones e incorporación de elementos muchas veces por lo menos bizarros o que para nosotros resultarian extraños o sacados de contexto.

    Existen informaciones que nuestro tricolor patrio durante las guerras de independencia estaba conformado por tres franjas de iguales dimensiones en colores amarillo, verde y rojo, es decir, igual a la actual bandera de la ciudad de Ibagué. José Maria Espinosa se ha permitido en este sentido sacrificar el rigor histórico con el fin precisamente de alimentar y fortalecer el mito fundador de la conciencia nacional, a través de la representación de un tricolor que en el momento de las batallas no existia, o existia en una versión que fue olvidada paulatinamente con el paso de las generaciones.

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