Entrevista

¿En qué estaba pensando?

Fingía en la cabeza las fiebres del infierno. Así como hay personas felices persiguiendo deseos de posesión y consumo, yo destruía mis noches anulado en la soledad más exasperante, de tal manera que pretendía vivir, cuando en realidad estaba entregado.

¿Y cómo era ella? Quiero decir, en sus sueños.

Estaba bajo el control de potencias oscuras y a mi parecer por completo loca. Recuerdo que siempre vestía de negro incluso en los meses de calor, aunque con telas más vaporosas, a decir verdad. Proyectaba su helada sombra en los lugares de siempre en medio de reuniones insólitas, en las que coincidimos en un par de ocasiones. Cuando hablamos, supuestamente, de manera fugaz, el velo de realidad comenzó a vibrar de modo horrible, hasta que apartamos nuestras miradas. De vuelta a casa, más tarde, todo me resultaba frágil, lleno de podredumbre. Como dice el tango, ese cielo que vemos todos los días, no es cielo y tampoco azul.

¿En que momento se dio cuenta que ella estaba loca? ¿Cómo se manifestaba?

Habían algunos signos en su cara y en todo su cuerpo. En la forma como reía y en su mirada. Siguió una etapa de discursos delirantes inspirados quizá en una lectura apresurada de las tragedias de Esquilo. El tema de las furias ligado a la imagen de nidos de serpiente en su cabeza fue objeto de arduas, retorcidas conversaciones: en aquella época estuve disfrazado de loco por lo cúal accedí a importantes secretos.

Pero todo eso hace parte de la misma evasión ¿o andamos muy equivocados?

Es parte de las relaciones alienadas que se construyen a lo largo de los años. Por ejemplo, recuerdo que al inicio de la adolescencia lo que más me atormentaba era mi propia incapacidad de amar, era traicionado por el espíritu, me convertí de repente en una estructura apasible, conforme, sordo a todo registro sensible o cualquier otro estímulo vital.

¿Cuando habla de espíritu se debe entender en su discurso una cierta extraña reminiscencia de la escatología cristiana?

No tengo ninguna intención de aclarar en este momento dicho punto, no pienso desviarme de los temas centrales de la presente entrevista.

Esta bien, diga entonces algo sobre ese único diálogo que encontramos al finalizar el relato títulado La semilla, por favor, diga algo al respecto.

Es como todo. La primera versión fue escrita a los dieciseis años. Después pasó un buen tiempo antes de volver sobre la idea. Era parte de un relato mucho más largo, pero sin una estructura narrativa clara. Durante la reescritura y posterior adaptación se captan las insinuaciones del texto original para crear una cosa muy distinta.

¿Satisfecho en este sentido con el resultado?

Tiene que ser revisado de nuevo para que fluya de manera más natural. Es difícil detener la determinación de revisar a fondo el manuscrito original, pero hay un momento en el que se debe saber que resulta inútil insistir de nuevo, ir más allá. La sucesiva escritura se concibe como viaje de ida y vuelta entre las distintas versiones y el original, de otro modo ocurren frecuentes extravíos y desperdicio de tiempo.

En cuanto al diálogo en cuestión.

No se trata de un diálogo en el sentido tradicional, fue diseñado para enfatizar la sensación de ambigüedad que se siente en todo el texto, siembra la duda sobre la relación incestuosa o tortuosa allí planteada, la sombra del padre y la crisis de los personajes en el contexto específico, cosas que hacen parte del clima mental dominante en el momento de escribir dichos Relatos.

Si, es interesante; ahora, tratemos de volver sobre la historia: ¿cómo fue esa concepción inicial?

Con mucha incertidumbre, supongo yo. Existía una breve introducción a lo que sobrevino después; sospechaba que las acciones se perdían en el horizonte, generando disturbios en la búsqueda de sentido. Era una situación contradictoria: durante seis u ocho meses tras concluir los estudios secundarios, viví encerrado en mi cabeza, dedicado por completo a la escritura. Llegué a escribir regularmente hasta las cuatro de la madrugada, solía levantarme a la una, leía el resto de la tarde y a las nueve de la noche a más tardar estaba de vuelta con mi dulce droga nauseabunda. No salía de casa y nunca veía a nadie. En tiempos de inestabilidad y perpetuación de la crisis sentía que la “verdad” era aquella comunicación secreta entre lo creado y el mundo real, que en aquel contacto frágil residia el sentido, o por lo menos gran parte del mismo.

¿Pensaba que le sería imposible tener una relación,  conectarse con algo, perseguir precisamente algún sentido?

Era más bien en la zona de ese diálogo. Después las películas, comenzó su análisis. La aproximación a la clínica del guión y las herramientas que permiten descuartizar científicamente cualquier relato.

No ha respondido la pregunta.

Es verdad, solo estaba haciendo un innecesario rodeo. A través de la escritura se revelaba una suerte de potencia oscura imanente  a todo acto fictivo. Sin embargo debo aceptar que en la práctica propiamente dicha el motivo no se concretaba de la manera más adecuada. Allí, por ejemplo, los personajes se paraban en mitad de la calle, buscaban por decir algo la sombra de un árbol y se miraban fijamente un rato, entonces

no pasaba nada. Era inútil.

Era muy inadecuado; lo que si había y en abundancia, eran rebuscadas imágenes que tampoco comunicaban nada. Pero curiosamente no tuve ninguna conciencia o vergüenza de ello en mi primera etapa como escritor. Se trataba de una cosa continua. No tenía un dios pero si la vaga sospecha que ese acto humilde de escribir era de alguna manera algo necesario, mi particular dosis de sentido para el resto de la eternidad. El pasar por alto las primeras imperfecciones, el no haber detectado a tiempo toda esa serie de hábitos perniciosos que impiden el libre fluir de la palabra, el desconocer las más elementales reglas de la mecanografía, la gramática y la dramaturgía, fue lo que me permitio seguir escribiendo. El analista frustrado dormía aún en aquella época. El inconforme confuso siempre estuvo allí. Las palabras (torpes ellas, las pobres, pero palabras al fin y al cabo) ocupando todo el tiempo.

Se puede afirmar que había un presentimiento al acecho, una cosa maligna urdiendo planes y provocando que todo tuviese ese tinte infernal.

Puede ser.

Y eso estaba conectado con la ruptura con dios.

La ruptura como escena ocurrio en un momento en el que deje atrás el mundo infantil que se mantuvo hasta una época tardía de mi vida. De manera paradójica eso fue seguido por años de dependencia, introspección y comportamientos extraños. Siempre había un paisaje, pero en ese entonces mis autores favoritos eran muy sombríos. Tenía un listado en aquella página  manuscrita, el malditismo senil en esencia.

¿Cómo eran los encuentros con estas personas que usted después convierte en personajes de los Relatos?

Ocurrían con frecuencia en el barrio Limonar. Allí se encuentra el parque por el que atraviesa en su caminata el personaje de Paseo nocturno. Mucho del decorado escogido proviene de esa memoria: el parque, la casa, el ambiente del barrio, bastante tranquilo. Y la eterna cita en aquel miserable pedazo de muro, para hacer algo los fines de semana.

Y casi siempre ese resignado hacer algo se convertía pronto en un patético y casi quejumbroso aquí no pasa nada. ¿Cierto?

Si, pero no siempre era así. A veces de manera inevitable, algo terminaba de pasar,  pese a nosotros mismos y quizá no de la forma como se hubiese deseado en un principio. Me parece verme ahora sentado en el muro con un cigarrillo humeante en la boca, mis amigos Eduardo y Eduardo uno a cada lado y pronto escucharíamos los destemplados acordes de una guitarra doblar la esquina y veríamos a Fernando, con el instrumento, acercarse y después saludar como si nada:

“entonces que”,

“entonces que”,

“entonces que”,

Fernando aclararía de antemano que la guitarra era prestada, que asistía a clases desde hace veinte días, apenas estaba aprendiendo a manejar los bajos. Toca algo de Nirvana, algo aprendido de afán antes de salir de casa, algunos minutos antes. Antes de seguir con la tortura repetitiva los minutos seguían pasando cansinos, entre propuestas de ir a conseguir algo de licor o entre los diversos temas de conversación que se sucederían de modo irritante sin ningún orden y en tumulto.

Por ejemplo la historia de un conocido de Fernando que tenía VIH, en aquellos tiempos la enfermedad era considerada poco menos que tabú.

Nunca faltaba y se le agregaban detalles bizarros y absurdos, se trataba de un personaje muy exagerado: la caída de pelo, el sangrado de encias, las manchas de leopardo apareciendo y desapareciendo en la superficie del tronco, el apasible desgajamiento de los órganos sexuales y el tatuaje de “VIH” marcado en el brazo.

¿Un tatuaje?

Supuestamente se trataba de una especie de seguro en caso de sufrir un desmayo en la calle o algo así. Alertaría a las personas encargadas de socorrerlo.

¿Recuerda alguna reacción específica respecto a ese comentario?

Ninguna. Se produjo un silencio tenso durante un minuto y luego seguimos pensando y hablando de otras cosas, así de manera distraída como siempre, encendimos algunos cigarrillos, yo seguí pensando en el tatuaje, veía en aquel gesto una especie de vanidosa melancolía de saber estar muriendo, una intención distinta al simple avisar a los desprevenidos sobre su lamentable condición (en caso de urgencia), tenía mis propias hipótesis al respecto.

¿Cúales eran ellas?

No es que fuesen muy brillantes y ya se encuentran en lo dicho con anterioridad: un necio movimiento de venganza a través de la repulsión de los otros, o mejor aún, como en la película Memento, un mecanismo de activación de la memoria para generar imágenes autodestructivas con el fin de acelerar el ciclo de la enfermedad y apresurar un fulminante desenlace.

Sus explicaciones al respecto fueron muy confusas.

Si, al llegar el momento de hablar debía hacer un enorme esfuerzo para no empezar a tartamudear, me concentraba en las palabras y decía las primeras que se me pasaban por la cabeza, pero la mayor parte del tiempo, sentía que la constante era la falta de contundencia y claridad de mis planteamientos, la sospecha creciente apuntaba a una ausencia de los mismos. Por lo general mi aspecto al hablar era sombrío y las palabras lentas, atropelladas muchas veces o muertas, contraproducentes. Sentí siempre que estaba ocultando algo. Sabía que ellos pensaban que me pasaba algo raro, que estaba señalado para el fracaso particular y en alguna medida es posible que tengan algo de razón.

Es una consideración bastante dura.

Es necesaria. Consecuente. Muy bien suele decirse que lo que mal comienza mal acaba. ¿Qué se puede esperar de la vida siendo hijo de un poeta alcoholizado sin un peso en donde caerse muerto? ¿Qué se puede esperar? Digame usted.

Las disquisiciones sobre la existencia y/o inexistencia de dios se volvieron más frecuentes.

Así es. Por un lado aparece ese vacío que constituye la miseria espíritual del mundo moderno; por otra parte se sostiene la influencia de potencias oscuras y apariciones que distorsionan el sentido de la realidad.

Las pesadillas.

Elaborar planes al respecto era una forma de venganza. Pudimos haber sido más abyectos, pero siempre encontramos maneras de hablar desde cierta distancia, desde una ironía y al mismo tiempo una nostalgia por las cosas de ese mundo que en apariencia se retiraba a una perfecta nada. Ocurrían ya entonces demasiadas locuras simultaneas como para preservar la fe por algo.

Los posteriores acontecimientos parecen reforzar esa impresión.

Ocurrió una tarde cerca a la glorieta de las piscinas olímpicas. Eduardo, Eduardo y yo veníamos de entrenar ping-pong en el Coliseo como todas las tardes, de vuelta al barrio a través de Piedrapintada. La Quinta como de costumbre congestionada y los conductores impacientes de llegar a alguna parte, eran pasadas las cinco. Desde la ventanilla de un auto veloz arrojaron la caja de una muñeca. Una niña rata que pasaba por allí vío lo mismo y se lanzó a la avenida para levantar la caja. Una buseta se la llevó por delante en un instante y solo se veían sus dos piernas lanzadas a lo lejos y deformes por el impacto. Todos quedamos muy impresionados, pero en especial Eduardo quién se acercó para comprobar que la caja siempre estuvo vacía.

Lo estaba.

Por supuesto. Eduardo trabajó como voluntario durante un tiempo para la fundación Niños de los andenes, que se dedica a salvar del sacol y el bazuco a los niños rata que habitan las cloacas de la ciudad.

Loable empresa.

Una completa idiotez.

¿Tiene algo que agregar a lo ya dicho?

No mucho. Reiterar lo dicho en otra parte, hablaba desde los recuerdos y figuraciones sometidas a la fuga inestable de una cabeza en contradicción, a lo cúal, era evidente, se dedicaba la mayor parte del tiempo.

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