Telaraña

Incursiones nocturnas en el corazón de la telaraña, territorio de chulos, paracos y putas, habitantes de sórdidos bares y penumbrosas discotecas. Toma asiento en una mesa alejada; pide Club y saluda con una palmada en el culo a una puta insinuante pero distraida, que camina por allí.

Saca libreta y lapicero, abre el ojo para no perder detalle: el borrachito aplacado con la cabeza hundida en el pecho, la matrona de gruesos brazos que ofrece la mercancia con gesto obsceno, el grupo de matones de la esquina, con el corte de pelo militar y la mirada fría habituada a la masacre.

O eso se imagina. Sigue anotando, aunque es necesario decirlo, con cierta sensación de vergüenza.

Y el acompañante, ya mayor, un amigo de su padre, se empieza a revelar en su borrachera. ” Todo un sujeto nuestro amigo Lastres, ¿cierto?”, “amigo suyo será, por qué yo apenas lo distingo de lejos”, “un ejemplo para todos nosotros, literatos, es que eso de hacer una novela entera desde el punto de vista de una cucaracha, eso no lo hace cualquiera”, “ah ya, una cucaracha”.

Afirma con mueca de turbia felicidad, pero la telaraña se enreda, no piensa palabras, tampoco deja hablar, quiere eso, quiere otra cosa: “a partir de eso, de eso que es nada, se inicia una sublevación de los términos. Los términos señalan a su vez el devenir de la historia. Se conoce la historia en relación a dichos términos. En realidad se trata de la historia de la sublevación de los términos”.

Es la hora sonámbula de los poetas promiscuos que brotan de la melancolía alcohólica. Una botella enciera un mar transparente de fuego que quema las entrañas, humo denso sobre una cara exhausta que escribe algunos versos a la deriva de una servilleta y sonríe con vaga inconformidad.

Observa la puerta del fondo que conduce sin duda a los cuartos del segundo piso en dónde putas y poetas comparten sus respectivos trabajos de afán y con tristeza.

Calles, terrazas, perros que gañen aplastados entre la chatarra y el pavimento por cuya superficie se desparraman las entrañas de los pobres, las heridas de los días se comentan de noche en las agresivas tabernas, los ebrios, las putas, los poetas, los paracos, se teje la rutina, los senderos que atraviesan la ciudad, los tensos hilos que se inventan en medio de la crisis.

Hilos que se disparan con distintas fuerzas e intenciones, cada provocación conoce su reacción, cada mirada se juega la posibilidad del incidente. Entre tanto el desencantamiento de lo ebrio teje su historia. La araña que se tambalea se descubre en un tiempo equivocado.

Teje una verdad mediada con los restos de una ficción prismática. Calles, esquinas, subterranea cloaca, desordenes de arañas asustadas.

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