[acumulación noche + oscurantismo]

Oscurantismo [fragmento] Simulacro

Tras pasar toda la tarde en uno de sus habituales paseos que concluían casi siempre con la sensación frustrante de repetidos paisajes que no deparan ninguna sorpresa, Alvear comenzó a bajar por la calle 22 hasta adentrarse en las calles torcidas del barrio de tolerancia. Se trataba del camino más corto a su casa y a esa hora, temprano todavía, recién caida la noche, no resultaba demasiado peligroso pasar por allí. La otra posibilidad era hacer un rodeo por la calle 26, pero en esta ocasión no se sentía de humor para tomar la ruta más larga. Deseaba llegar, encerrarse, tumbarse en el catre y quedarse un buen rato mirando el techo de la pieza.

Y lograba su objetivo, en apariencia y a pesar de las actitudes hostiles, nadie se fijaba en su paso. Por esta calle,  se dice Alvear, se camina tranquilo. ¿Qué importancia tienen los asesinos y putas que llenan las tabernas? ¿Qué importancia tienen los violadores reunidos en grupos en las esquinas o bajo los árboles, frente a las casas?

Se decía Alvear que en esta calle no puede sentir la angustia que se le mete siempre que camina por barrios de gente acomodada. Algunas cuadras más al norte comenzaba a brillar el lujo de las baldosas, la amplitud de los garajes y las casas cercadas por gruesos muros de piedra; bien conocida es la táctica de los asaltantes nocturnos que consiste en trepar las ramas de los árboles y esperar allí horas y hasta días enteros, camuflados, ansiosos, consumidos por el tiempo de la espera, sin comer, dormir o beber, hasta que el primer desgraciado de buena apariencia y quizá también borracho, transite por el lugar exacto previsto para caerle encima y despojarlo así de sus cosas.

Estos delincuentes son metículosos en la planeación de su trabajo; prefieren los árboles  frondosos y no muy altos. Con ello se reducen las posibilidades de fallar en el salto, circunstancia que además de patética, era ante todo peligrosa para la integridad física del ladrón, al correr el riesgo de romperse el brazo, la columna o sencillamente matarse. Lo más importante en cuanto a la situación geográfica del árbol escogido era que estuviera en un barrio del norte y no en uno del sur. No son tarados lo ladrones para decidirse por la última alternativa (complicada además por la conocida escasez de árboles frondosos en barrios de suburbio) y suponiendo que el ladrón, en un ataque de desesperación, tuviera que hacerlo, las víctimas de tan complicado atraco no ofrecerían garantia alguna. Por eso abundan los ladrones en los sofisticados barrios del norte, en donde a pesar de las soledad paranoide de las calles, los clientes si son de fiar, no como esos otros arrancados, que por mucho llevan alguna moneda en el bolsillo y dos o tres cigarrillos blandos por la humedad.

Es por eso que Alvear camina por ahora tranquilo por la calle que en la madrugada destila una especie de violencia contenida, cuyos personajes habituales siempre se encuentran bajo el sopor alcoholico. A pesar  de las miradas de desprecio o los movimientos imprevistos que aparecen en las esquinas, no existe razón para temer. Es decir, allí se encuentran los ebrios en sus miserables tabernas y podrían verlo pasar o podrían no verlo. En el primer caso, la obstinación los llevaría al límite y las consecuencias serían graves. ¿Sospechaban acaso los ebrios que por debajo de la aparente calma de Alvear se oculta una nerviosa cualidad, una sensación de fragilidad, el sentimiento de estar destinado a vivir una sangrienta circunstancia?

Suponiendo que en determinado momento los ruidos vomitados por la rocola, las luces de neón que llenaban el ambiente, la sordidez de las circunstancias, en fin, provocaran que uno de aquellos ebrios, en un momento de particular insensatez, de repente se levantara de la mesa y con su voz pastosa dijera, como la cosa más normal del mundo: “vamos a darle su merecido a ese tipo que camina mirando el piso. No quiere llamar la atención. Tiene miedo…”, a continuación se encaminaria decidido afuera de la taberna, con un cuchillo en la mano y Alvear estaria en peligro de ser asesinado allí mismo. A pesar de todo seria posible que otro ebrio, por el simple capricho de llevar la contraria, se opusiese con sus toscos medios a llevar a cabo tan inútil acción: “prefiero seguir bebiendo, no me importe que mire el piso o tenga miedo. No tiene sentido…”, de cualquier modo su oposición fracasaria, sin importar los argumentos que estuviese en condición de hilvanar.

No. La obstinación prevaleceria. El primer ebrio impondria su fuerza para llevar a cabo la tarea e iniciaria una aparatosa persecusión a través de la calle, hasta provocar una pelea con Alvear, quien en este caso no tendría la más mínima posibilidad de salir con vida de tan desdichado encuentro: garrotes, pedradas, cuchillos, navajas, le reducirian en un instante a poco menos que un guiñapo, un perro desfigurado bajo la punzante llovizna de la noche. Contribuirian a tan lamentable suceso todos los ebrios de la taberna y con más furor incluso aquellos iniciales opositores, quienes se dejarian arrastrar por el instinto asesino después de beber apresurados los restos de la botella de aguardiente olvidada en la mesa.

Y si esto hubiera sucedido, quizá Alvear no se quedaria aletargado esperando a que lo matasen. Nada de eso. Los insultos de las putas, los berridos de los gamines, la algarabia a sus espaldas le alertarian sobre lo que estaba a punto de ocurrir. En ese caso ¿para que tenía esas piernas flacas? Frente a los ebrios gordos tenía mejor estado físico, era casi seguro. Puede que su apariencia fuera desmañada, que de repente se le viera cansado, sin aire, acabado, en fi, pero al menor signo de peligro una buena carrera de atleta bastaría para mantenerlo a salvo. [¿Entonces por qué aquella opresiva sensación, la sequedad del golpe de puñal en su espalda no lo dejaba caminar en paz por aquellas calles ?]

En noches así se sentía como un fantasma desgarrado por el viento de la duda, disuelto en la perturbación más leve: surgía, desaparecía y volvia a emerger sin ninguna causa, pero sin dejar tampoco consecuencias importantes. Su rastro era una sensación descompuesta, algo fugaz pasando por el viejo barrio de calles torcidas, igual que un sueño o a lo mejor una visión de pesadilla. Una distorsión sobreimpresa al paisaje en decadencia, una sombra eclipsada en los múltiples ojos gastados en las alucinaciones del alcohol.

Alli estaba, la gregaria reunión de fingidas alegrias y miradas naufragas en la borrachera tenaz: pensamientos apagados, sensaciones dormidas y el humo embotante acumulado en estrechos recintos. En realidad eran montones de carne, entes, manchas o bultos desplazados de un lado para otro, que noche tras noche trataban de encontrar el placer a cambio de hundirse más y más en la nada comunitaria. No era la primera vez que rondaba la calle, pero esa noche en particular era como si la brisa de la locura soplara con fuerza desde el oriente, desde los cerros, y era posible, según Alvear, definir a partir de los ambigüos signos, el fracaso general de la existencia. Tal reflexión le hizo sonreir un instante, pero pronto disimuló su gesto, ya que podría ser malinterpretado: una invitación al placer clandestino.

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