obstinación

Y en ello se gasta buena parte de sus primeros años. Un sueño latente, un ocio obstinado, los vicios de la reescritura en la maraña de frases, que se retuercen y crecen salvajes, escaso control.

Se habla allí de un misterio ligado a la mano. ¿En qué consiste eso? ¿Es la cosa esa que nace del cerebro y hace la mano escribir? ¿Una insensatez, la primera, la más absurda de todas ellas? No se puede afirmar. Seguramente.

Pero se puede suponer que se trata de la poca afortunada ocurrencia en el momento de posar el lapícero sobre el papel y empezar a rasguñar cualquier cosa [o teclear lo que sea algo así]. Una especie de desperdicio, una manera de fingir que en realidad algo se hace, pero la verdad es que más bien corresponde a esa hora de la vida en la que de repente la pereza se encuentra de frente con la improvisación [Metz].

¡Dios mio! ¿Tendré cerebro? Se pregunta, o exclama en otra parte del manuscrito. Por más que le da vueltas a la cuestión, no termina de comprender cómo había resuelto escribir tal cantidad de sandeces en tan corto lapso.

No quería postergar la tarea. Era el momento justo. No tan lejos como para olvidar los episodios importantes, no tan cerca como para dejarse abrumar por las impresiones fragmentadas de aquellos días.

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