simulacro

Jorge estaba sentado en el sillón forrado en cuero negro, frente a la pantalla del televisor. […] Miraba hacía arriba desde su cómoda posición. Aquello ocurriría en cualquier momento. […] Jorge se comparaba a menudo con una de esas alimañas, grises y voraces, que pasan sus días entre las antiguas bibliotecas digiriendo la pulpa vegetal impresa, a lo cuál deben su triste coloración (esto le repugnaba de manera morbosa).

[…]

Para aclarar de una vez por todas las cosas, se debe decir que Jorge no estaba  en su casa sino en la de Rodrigo; que Cristina era hermana de Rodrigo; que el padre de ambos era un poeta alcoholizado que se la pasaba tomando aguardiente en la pieza de arriba, mientras fingía escribir; que a Cristina nunca le gustaron los gatos y que Clarita era su perra preferida, pero Jorge odiaba a esta última, pues según afirmaba cuando estaba borracho, parecia un esperpento viviente.

Cristina salió de la cocina, acariciando la huesuda espalda del animal.

-¿Cuantos años tiene esa perra?-, indagó Jorge, por decir cualquier cosa.

-Tiene cinco años y medio-, aseguró Cristina, como si estuviese orgullosa de decirlo-, para su raza y condiciones, es una verdadera anciana.

Cristina se sentó en el sofá, hundiendo su rostro en la sombra. Puso a Clarita de espaldas sobre sus rodillas y comenzó a rascar el peludo vientre. Jorge observaba, ahora con más asco. Pero la perra estaba de mal humor y se dispuso a morder aquellos dedos que le tiraban las sobras del almuerzo, luchaba con sus escasas fuerzas para recuperar su natural posición cuadrúpeda. Jorge siempre sospechó que entre los hermanos había algo más que amor filiar. Como había tratdo con ambos, finalmente detectó una especie de sombra o misterio que encubria la sordidez. Nunca pudo dilucidar hasta dónde llegó aquella relación, pero no se trataba de una relación normal entre hermanos.

Por mucho que se especula al respecto, los chismos  y comentarios no eran más que eso. Ella consideraba que era el resultado de la envidia y nunca le dio mayor importancia. En cambio Rodrigo solía reaccionar con violencia a la menor insinuación en ese sentido. Jorge seguía allí, sentado en el sillón, contemplando a Cristina. El fingía estar a gusto, sin preocupaciones, sin expectativas, pero ella lo sentía cohibido, con esa falsa indiferencia que se le caía a pedazos. Cristina se puso cada vez más impaciente, lo cual se traducía en sus frecuentes paseos entre la sala y la cocina, cómo si estuviese buscando algo, pero al mismo tiempo como si aún no hubiese decidido el qué. En el rostro de Jorge afloraba una bellaca sonrisa como una raquítica flor de cinismo, al parecer resultado de ciertos recuerdos que llenaban su cabeza en ese instante. Trató de hundirse más en el sillón, con la torpe intención de relajar los músculos de la espalda. 

Cristina dijo de forma enigmática:

-Me gusta ver a las personas como son, como máscaras.

Era el momento pues de descifrar el nudo de la incoherencia y quedar con la muda y confusa cara del asombro, justo el tiempo para que Cristina respondiese con una mueca de familiar desagrado. Esto no impidió sin embargo que al caer la tarde ambos pasearan por el pasillo mirando las viejas postales de lugares lejanos que adornaban la pared. Ella le dijo con voz suave que quería un cigarrillo; ambos se dirigieron al patio y dejaron la puerta cerrada. Aunque en realidad leía febriles apuntes en los márgenes de un libro viejo.

Quizá ella esperaba a que la besara de una buena vez.

Anuncios

comentarios aquí

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s