Paul Mccarthy: Bossy Burguer

El norteamericano Paul Maccarthy es un reconocido performer que comenzó a trabajar su concepto en la década de 1970 y por lo tanto es uno de los pioneros en dicha materia.

Su interes en la pintura deriva pronto en una especie de action painting con algún grado de truculencia en la ejecución y que en su aspecto formal recuerda los resultados conseguidos por Jackson Pollock, quizá el máximo cultor del expresionismo abstracto y ampliamente reconocido gracias a sus drippings y cosas semejantes.

http://www.youtube.com/watch?v=ozubKHdprMI

En el enlace anterior podemos apreciar al señor Mccarthy en una de sus típicas demencias.

http://www.youtube.com/watch?v=eWZJqS3tVwQ

Este otro es más reciente y seguramente será muy útil para cualquier estudiante de artes en busca de inspiración para un posible proyecto.

En su época temprana sin embargo es notable el grado de excitación al que llega el performer frente a la cámara: murmura incoherencias, se mea en un rincón de la sala o se embadurna de la cabeza a los pies con la primera porqueria que encuentra a la mano, pretende masturbarse o comienza a pintar con su pene: se arranca violentamente “pedazos” de su cuerpo como en un ritual suicida (en realidad son extensiones de goma que sustituyen los verdaderos miembros, pero el resultado son las inevitables duchas de sangre al peor estilo de las películas de Tarantino).

Bossy Burguer [Jefe hamburguesa o algo así] es un video monocanal, color, sonido, de un poco más de una hora en donde el artista alquila un estudio de televisión durante un fin de semana. Durante el performance el bueno de Paul se disfraza de cocinero y lleva una mascara de personaje de la revista Mad (icono grotesco de la subcultura estadounidense más primitiva): Paul padece un arrebato histérico, se automutila dos yemas de los dedos, destrozá la locación y se dedica a dibujar penes por todas partes. Una verdadera belleza.

Señor Mccarthy, ¿cómo define la violencia en su obra?

Mi trabajo no es una manifestación violenta. Trata sobre una violencia ficticia, del tipo que se puede ver en las películas. Empleo los mismos trucos, por ejemplo, las prótesis de plástico o una mano artificial. Uno de los personajes que aparecen en mis actuaciones, Big Robert, posee unas manos enormes. Al mismo tiempo, yo introduzco la mía en su interior para manejarlo. Lo golpeo con un movimiento convulso y repetitivo que produce un efecto hipnótico, hasta que sus dedos de látex se llegan a romper. Por un momento, el público se asusta. Puede que me haya cortado la mano. Es entonces cuando surge la duda. El público no sabe si reírse o asustarse ante la brutalidad de los golpes. Se ríen del chiste, de la enorme mano protésica, de la sangre artificial. Pero, al mismo tiempo, hay un elemento brutal y les incomoda que les haga gracia. Mi trabajo consiste en una especie de brutalidad virtual, ficticia.

Señor Mccarthy, su trabajo también evoca la violencia social.

Sí. Muchas de mis obras tratan sobre la violencia familiar, el abuso, la opresión y la dominación. La más frecuente es la relacionada con los niños. Sin embargo, no ilustro literalmente estos temas en mi trabajo, sino que, más bien, son asuntos que se evocan de un modo indirecto. Pero en mis actuaciones a menudo aparece el propio cuerpo como un objeto. Hacia finales de los años 70, estaba más interesado en lo específico. Mis performances se orientaban hacia la realidad; después me interesé por la confusión entre la realidad y la ilusión. Comprendí que la necesidad de generar violencia, la necesidad de la violencia física, no correspondía a una realización específica. Me fui interesando cada vez más en representarla. Esa es la razón de que use ketchup. Lo utilizó como si fuese sangre y como símbolo de nuestra sociedad de consumo. También empleo sangre de verdad. Lo más interesante fue darme cuenta de que la sangre podía ser real o artificial de manera simultánea y el efecto era el mismo.

Un cuerpo maltratado, odiado, es, a veces, su tema central.

El cuerpo como un receptáculo de los temores, la obsesión y el conflicto que se genera en nuestra sociedad, aunque no siempre poseo el control total durante una performance. Los elementos pueden interactuar entre sí y permitir que afloren diferentes emociones. Lo único que hago es establecer la situación, después permito que suceda lo inesperado, aquel fenómeno mental o físico que provoca una reacción con el cuerpo mismo.

Señor Mccarthy, en el sentido cristiano, ¿se considera usted una especie de salvador gracias a su trabajo?

No, nunca he pensado que mi arte pueda sanar a alguien o a algo: ni a mí mismo ni a la Humanidad ni a nuestra sociedad. Quizás se trate de una denuncia, pero desconozco hasta qué punto mi arte afecta al público. No sé lo que gana o pierde con él.

Emplea diferentes técnicas y gran variedad de materiales. ¿Desea crear una confusión de géneros?

Los dibujos y esculturas siempre guardan relación con la performance. Cada soporte, cada material, está entrelazado con otro. A menudo, el mundo del arte aparece compartimentado. A un lado están los pintores y, al otro, los escultores. Yo rompo esos compartimentos. También utilizó los objetos, los juguetes, la publicidad, los productos de la televisión y los subvierto. Siempre existe una crítica implícita, otra utilidad que extraer de ellos. De hecho, yo mismo fabrico los objetos. Los juguetes y las marionetas no siempre son completamente industriales. En todos los elementos interviene la imitación para criticar nuestra sociedad, mezclada con mis obsesiones. Es una manera de reinventar nuestro mundo.

¿Intenta ofender y escandalizar deliberadamente al público?

No me interesa la simple idea de escandalizar. Intento crear imágenes que resulten evocadoras. Para que puedan existir, el público debe mostrar preocupación. Pero sí, tengo un cierto problema con el término escandalizar. Cuando planeo alguna de mis representaciones, jamás pienso en que puedan escandalizar a la gente. Hay ocasiones en que sucede lo contrario. Me escandaliza que algunas personas se escandalicen. Cuando menciono algún tabú, como el arquetipo del padre y el bestialismo en Garden (Jardín), donde una figura con los pantalones bajados se masturba contra un árbol, no intentó romper el tabú, sino resaltarlo. Existen distintos niveles de reacción en función del individuo. A algunos les ofende y a otros les hace reflexionar. Las piezas no funcionan de la misma manera, aunque estoy menos interesado en la gente que pueda sentirse escandalizada y más en aquellos que estén dispuestos a pensar.¿Intenta ofender y escan

Su trabajo, que es muy independiente y siempre resulta rebelde, se ha convertido en un instrumento de intercambio y posee un valor de mercado.  ¿Cómo es posible vivir con semejante paradoja?

Para mí supone un cierto dilema. Mi trabajo cuestiona el abuso de poder, que a menudo tiene una conexión con el dinero. Ahora mis obras circulan entre los ricos y entre las instituciones dominadas por ellos. Irónico. Sin embargo, comparado con una producción cinematográfica, mi arte no cuesta tanto. ¿Que si me siento a gusto vendiendo mis creaciones a los millonarios? Eso depende de sus objetivos, de lo que hacen con su dinero y la manera en que lo obtienen. El tema no es nuevo. Los artistas, durante el Renacimiento, trabajaron para la Iglesia. La situación ahora resulta muy ambigua, aunque espero que la tecnología sea capaz de liberar la comunicación casi totalmente. Para el arte, Internet es una plataforma global que le otorga mayor poder.

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